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Como quién cura heridas.

Hoy la lluvia sabia a ron y empecé a escribirte versos en la nuca,
junto a ese tres en raya de tus pecas que no pecas sino me besas.
Las cuerdas de la guitarra sonaban pausadas, como casi ahogadas.

Dejaste la guitarra y yo mis versos.

Me sacaste a bailar aún llevando una camisa desaliñada,
el pelo alborotado y restos de rimel en los ojos.

Si hablamos de restos porque no hablar
                   de los restos de carmín rojo que dejé en ti,
como heridas de guerra por luchar la batalla perdida de nuestra mierda,
eso que algunos llaman
                                   a m o r. (*)  

Me encanta el tatuaje de esa serpiente que tienes en el brazo derecho.
Lo siento, no podía callármelo un segundo más.

Nos reíamos de la vida porque estábamos hechos pedazos
y sabíamos que no saldríamos vivos de ella.

Te quité el sombrero para ponérmelo yo
y me senté delante del piano.

No pude escribirte los versos más tristes esa noche,
pero pude tocarte las notas más rotas de todo el teclado.

Empecé suavemente como si estuviera acariciando tu sonrisa de marfil
y fui acelerando apasionadamente como si cada tecla fuera una de tus putas costillas.

Mi respiración se aceleraba,
sentir aquellas notas perturbadoras me producía miosis en las pupilas
y soltaba alguna carcajada de vez en cuando que me hacía parecer más loca de lo que ya estaba,
                                                                                                                                               
                                                                                                                                                    por ti.

Se vistió y se acercó a mi, con el pulgar acarició mis labios junto a mi saliva. Como quién cura heridas. Y  las curaba de verdad hasta reducirlas a cicatrices. Me dio un beso en la frente y se marchó.

Por eso sabía que él era diferente a los demás.