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Conseguenze di una dolce vita.

Muchas personas dicen que para seguir adelante hay que dejar atrás los recuerdos.
En cambio, yo, gracias a ellos sigo hoy en día aquí.
Con 78 años a la espalda y tengo la piel más arrugada que cuando en 1941 pasé toda la tarde en aquella piscina de la tía con los primos.  Los párpados me pesan cada día más, las rodillas las tengo echas polvo y ya ni te cuento del cansancio que me produce ir de casa a la esquina para comprar el pan.
Soy el desecho de lo que un día fue una niña repipi y caprichosa, una muchacha espectacular y una mujer de pies a cabeza.
Cuando cumplí los 4, mi madre empezó a enseñarme a leer. Tenía el deseo de verme intentando pronunciar la "p" y observar todos mis esfuerzos para demostrarle que podía hacer la "m" con la boca abierta. Con apenas 7 añitos escribí el poema más bonito de la primavera y la profesora me hizo una corona de flores gigante. Para que luego digan que las buenas personas no existen. 
A los 9 empecé a ser toda una revolucionaria ya que me negué a hacer la comunión. Toda mi familia estaba tan decepcionada que me preparé un bastante elaborado discurso en el cual explicaba que no entendía porqué el Papa de Roma llevaba una medalla de 300.000 euros y quería fomentar una religión en la que compartir era una de las bases fundamentales. A tan corta edad ya pensaba que la iglesia era una completa antítesis, y es que somos expertos en contradecirnos. 
A los 11 pasé al instituto y en esa época tan solo puedo contar que los daños me calaron hasta lo más profundo de los huesos. Aunque gracias a ellos fui la mujer que fui, soy la mujer que soy. Algo que podría destacar es que aprendí a tocar el piano como si fuesen unas delicadas costillas.
A los 16 y 4 meses, conocí a Marco. Un italiano que venía de intercambio y mentiría si dijese que no fue el amor de mi vida. Que sí, que me casé con tu abuelo y lo quise con todo mi ser hasta su muerte... Pero aquello fue inigualable. También fue lo que me destruyó, qué le vamos a hacer. Como cualquier chico de intercambio, tuvo que volver. Se fue. Nunca más lo vi. Y es que, sigue siendo tan difícil decir adiós... aunque hayan pasado tantos años. Sé perfectamente la sensación que se tiene cuando ves como te extirpan algo que ya forma parte de ti, como separan tu piel de su piel. 
Soy consciente de que te será raro, pero en aquella época era yo quien llevaba la falda más corta. Empecé a fumar, no como todos... a caladas lentas, suaves, disfrutándolo. Yo fumaba rápido, siempre que podía. Yo quería consumirme. Y cuanto antes mejor.
Como te he dicho tengo 78 años, y cáncer de pulmón.
Por favor, si puede ser, no cometas el mismo error que yo.