Justo cuando intento ahogar al
desamor con el ron en este maldito bar, empieza a sonar nuestra canción. Ahora ya no es sólo ron lo que bebo pues se ha mezclado con una
lágrimas llenas de
dolor que consiguieron escapar de mis
ojitos tristes tormenta. Los mismos que miraban tu trasero recorrer nuestro pasillo.
Vamos a contarnos mentiras.
Que por unas pocas más...
Voy a empezar por decirte que ya no te quiero.
Luego te diré que mi cama ya no te echa de menos.
Y... venga, que las buenas noches son buenas contigo o sin ti. Mejor sin ti.
¿Qué te parece?
Continuo.
Que tus piernas ya no son mis carreteras preferidas.
Que tu voz ya no es la sinfonía perfecta para mis buenos días.
Y que la velocidad ideal ya no eres tú multiplicada por mis ganas y elevada al cuadrado de verte los tres cientos sesenta y cinco días del año amanecer con esa carita de dormida.
Que ya no sangro los versos que van dedicados a ti y a la imposibilidad de tenerte conmigo aunque sea un instante que podría convertirnos en eternos.
Que ya no tengo miedo de perderte a ti, ni a tus medias rotas, ni a tu sonrisa de idiota.
Que ya no vale la pena esperar la casualidad de que vuelvas por donde te fuiste queriendo escuchar otra vez las historias de miedo que contaba sobre la curva de tu sonrisa que provocaba accidentes parecidos a la catástrofe que vieron mis ojos al verte marchar.
Que ya no voy a luchar por parar el tiempo justo en el momento que recuerdo tu sonrisa y un segundo después mis labios pegados a ella.
Ya no puedo más. No puedo decirte una sola mentira más. No sé como lo conseguiste tú. Pero yo no puedo dejarte pensar que te estoy olvidando. No puedo soportar hacerme a la idea de que te pierdo, de que te estoy perdiendo.
"No puedo... n... no... no puedo" - se repite.